Las medidas para regularizar las condiciones económicas de la gente deberían ser tales que la pobreza debería desaparecer, que todos, hasta donde fuese posible, de acuerdo con su rango y posición, debieran tener su parte de comodidad y bienestar.

     Por un lado vemos entre nosotros a personas que están sobrecargadas de riqueza, y por otro lado otras que desfallecen por no tener ni qué comer; aquellos que tienen varios palacios, y los otros no tienen dónde descansar su cabeza. Encontramos a algunos con abundancia de alimentos delicados y costosos, mientras que otros apenas pueden conseguir un mendrugo para mantenerse con vida.  Mientras unos se visten con terciopelos, pieles y lino, otros no tienen ni lo necesario para protegerse del crudo invierno.  Esta situación es mala y debe ser remediada. Pero el remedio deberá emprenderse cuidadosamente. No puede hacerse de manera que haya absoluta igualdad entre los hombres.

 

 

    ¡La igualdad es una quimera! Es completamente impracticable. Aun cuando se llevara a cabo, la igualdad no podría continuarse, y si su existencia fuese posible, todo el orden del mundo sería destruido. La ley del orden debe existir siempre en el mundo de la humanidad. Éste es un decreto divino aplicado a la creación del hombre... La humanidad, como un gran ejército, necesita un general, capitanes, suboficiales de todos los grados, y también los soldados, cada uno con sus deberes señalados. Los grados son absolutamente necesarios para asegurar una organización ordenada. Un ejército no podría componerse solamente de generales o de capitanes, o tan sólo de soldados sin alguna autoridad..

     Verdaderamente, habiendo algunos enormemente ricos y otros lamentablemente pobres, se hace necesaria una organización para mejorar y regularizar tal estado de cosas. Es importante limitar las riquezas, como es importante también limitar la pobreza. Ninguno de los dos extremos es bueno... Cuando vemos que la pobreza alcanza los límites del hambre, es un signo seguro de que en alguna parte existe tiranía. Los hombres deben darse exacta cuenta de este asunto y no demorar más tiempo la modificación de las condiciones que causan la miseria y la cruel pobreza a un gran número de gentes.
     Los ricos deben dar una parte de su abundancia, deben tener el corazón menos duro y cultivar una compasiva inteligencia, pensando en aquellos infelices que carecen de lo más necesario para la vida.
     Deberán establecerse leyes especiales que traten de las condiciones extremas de riqueza y pobreza... Los Gobiernos deberán sujetarse a la Ley Divina, que da igual justicia a todos... Hasta que esto no sea un hecho no se habrá obedecido la Ley de Dios.

  J. E. Esselmont Bahá'u'lláh y la Nueva Era en formato pdf
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