Serían como las seis de la tarde cuando sonó el teléfono. Contesté pero no entendí bien; supe que era un hombre iraní por su ingles lento y lo marcado de algunas de las consonantes, le pasé atinadamente el auricular a mi esposo y él pudo decifrar todo el mensaje. Se trataba del Sr. Rohani que vivía en Arizona cerca de Phoenix, avisándonos que sus tías viajaban camino a Calexico y que llegarían a las ocho de la noche. Aunque no teníamos el gusto de conocer a la familia Rohani igual nos dio gusto recibir visitas cuya religión compartíamos y yo me comprometí a recogerlas, llevando a mi hijo para que me acompañara. Me di mi tiempo para arreglarme y salimos casi a las siete y todavía ingenuamente pensamos en cruzar la frontera para llegar a la estación del Greyhound de Calexico, California. La fila para cruzar la frontera de verdad no era muy larga pero avanzaba lentamente, muy lentamente y cuando hicimos un cálculo más real escuché con claridad lo que mi hijo me venía diciendo desde que salimos de casa – no llegaríamos a tiempo. Salimos de la fila y buscamos estacionamiento lo mas cerca de la frontera. Corrimos para cruzar a pie, casi corrimos, subimos y bajamos escaleras, también hicimos fila y como siempre pasamos el trago amargo de ver como el guardia migratorio veía los documentos y nos veía a la cara y volvía a vernos y preguntaba de forma intimidatoria a dónde van y qué llevan, etc.

Cruzamos corriendo y llegamos veinte minutos tarde . La sala de la pintoresca y rústica estación de autobuses del Greyhound estaba semi-vacia, en las bancas vimos a dos damas de edad un poco más que maduras. Esperaban sentadas pacientemente, no dudamos y nos dirigimos a ellas . Nos presentamos como Bahá'ís. Ellas iluminaron sus caras con sonrisas y repitieron bahá'í, bahá'í, poniendo sus manos en el pecho a la vez que hacían una leve inclinación. Mi hijo y yo les hablamos en inglés pero encontramos que sus miradas nos decían que no nos entendían y al encogerse de hombros confirmamos que no sabían inglés, tampoco español, decían farsi, farsi y nosotros negamos pues no hablábamos ese idioma que hablan en Irán. Preguntaron francais, italian, german y nosotros negamos con la cabeza porque ninguno de esos idiomas hablábamos, solo español, inglés y mi hijo sabia un poco de ruso que pudo aprender en su estancia de un año en ese país. Igual nos abrazamos y supimos que tendríamos que utilizar el idioma universal del cuerpo y de las señas conocido como comunicación no verbal. Les ayudamos con sus maletas y regresamos a cruzar la frontera y caminar hasta el carro. Todos parloteamos agitados.

Yo pensaba y ¿cómo nos entenderemos? Sabía que en mi casa vivía Babak, un joven iraní, que planeaba vivir con nosotros unos meses. Él sabía poco iraní porque aunque nació en Irán salió con sus padres de su país cuando era un bebe y desde entonces vivían en Chicago, Ilinois.

Mientras conducía a casa pensaba donde las acomodaría, tal ves en la sala compartiendo el espacio con el joven Babak o en la recamara de los hijos y ellos pasarían a la sala. Llamé a mi hermana y vecina y le pedí ayuda y ella accedió a darles una de sus recamaras, lo que parecía una digna opción para las dulces damas. Al llegar a su casa bajamos las enormes maletas y tanto mi hermana como su esposo y sus hijos nos veían con curiosidad, en especial a las recién llegadas, ellas hacían carabanas, se sonreían y cuchicheaban, dándonos a entender su agradecimiento. Todos nos encogíamos de hombros al reconocer que el idioma sería un problemita a resolver.

Cuando por fin llegaron mi esposo, mi hija y nuestro visitante Babak todos suspiramos con alivio pues teníamos una lista de preguntas que hacerles a las señoras. Babak nos escuchaba a cada quien e intentaba traducir, disculpándose de no conocer tan bien ninguno de los idiomas ni Farsi ni español, decidió traducir lo que pudo de Farsi a inglés y luego mi hija de inglés a español, lo cual alargó la sesión de preguntas. Mi hermana pudo indicarles lo esencial en cuanto a su acomodo, su recamara y cosas básicas de su hogar.

En los siguientes días la novedad eran Farah y Mehri, quienes se convirtieron en las mujercitas más adorables que todos conocíamos. Se reían con facilidad, comían de todo, nos acompañaban a donde les invitáramos, parecía que todo y todos les agradábamos, siempre con un brillo en su mirada y una sonrisa complaciente para cada uno de nosotros. Tenían un abrazo, un beso, una caricia, una mirada de consuelo, un toque de confirmación. Poco a poco nos dimos cuenta que comunicábamos sin necesidad de un idioma común.

Compartíamos la misma religión; todos pertenecíamos a la Fé Bahá'í así que dábamos por hecho muchas cosas. Todos sabíamos que esta religión nació en Irán y que bahá'ís siempre han sufrido de persecución en ese país; que se ha recrudecido en las ultimas décadas. Ellas nos contaron que huyeron a Suiza donde vivían desde hacia varias décadas. Se casaron con hombres alemanes. Farah cantaba en la Ópera de Milán por algún tiempo hasta que su esposo se lo prohibió y disfrutó enormemente acompañarnos y cantar en nuestro ensayo del coro de la Universidad Autónoma de Baja California. Merhi se emocionaba al observar nuestro árido paisaje y sus ojos se humedecían al contarnos como se parecía esta región a su natal Irán.

Las dos cual campanitas brillaban y se movían emocionándose con cada cosa nueva que conocían aquí. Todos nuestros amigos las conocieron y quedaron tocados emocionalmente con ellas. Yo pensé que mi hermana me reclamaría por ser la culpable de que estas mujeres desconocidas vivieran en su casa por una semana, así que le ofrecí traerlas a mi casa pero para mi sorpresa mi hermana me reclamó por querer arrancarle a sus visitas. Aclarando la situación las dos aceptamos que las dulces damas nos hacían recordar a nuestra amada abuela lo cual nos sensibilizaba y producía oleadas de amor y de bienestar. La visita se fue prolongando lo cual nos alegraba a todos. Supimos que ellas venían con el propósito de consultar con unos médicos maravillosos que no conocíamos pero les acompañamos a la dirección que ellas traían apuntada. Era una extraña clínica que se veía de lujo pero sin letreros en el exterior en una zona céntrica y de fácil acceso. Al entrar era sorprendente lo extensa de su sala de espera, limpia y lujosa con varias recepcionistas, todos los letreros en inglés y prácticamente toda la clientela, pacientes de apariencia extranjera. No podíamos quedarnos así que solo las dejamos ahí y ellos las enviaron en taxi de regreso con paquetes de medicamento sin fórmulas sino solo una diminuta etiqueta y una cita para una semana más tarde a la cual asistieron y les dieron medicamento adicional y una cita en seis meses a un año.

Investigamos sobre los médicos y esa clínica pero nadie parecía saber nada pero las damas iranís estaban muy complacidas por trato. En esas fechas hubo mucha actividad, además de la actividades cotidianas, cada quien acudíamos a clases y trabajo, las invitábamos a nuestras clases de las tardes, música, coro, literatura, baile, inglés, reuniones bahá´ís, presentaciones del grupo de jóvenes de danza-teatro hasta ensayos en nuestras propias casas.

Mucha actividad, las llevamos a comer, tacos, pescado, tamales, pozole, a cambio ellas nos prepararon una gran comida iraní. Casi al mes de su estadía llegó también Mandi, la hija de Farah, quien vivía al norte de los Estados Unidos. Ella alcanzó a acompañarlas a su segunda visita a su clínica (por cierto que supimos que ella vino tiempo atras con otros amigos y fue ella quien recomendó y dio la dirección del lugar a Farah). Mandi a su ves también era una linda persona con quien se agilizó la comunicación pues ella hablaba perfectamente el inglés y el Iraní. Finalmente se cumplió el tiempo de su estadía.

por Linda Frazelle

 

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